FANFIC: Operación Coliseum

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Onofre Bouvilla
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FANFIC: Operación Coliseum

Mensajepor Onofre Bouvilla » Jue, 26 Mar 2015, 20:49

Ministerio, 2015
–Sr. Subsecretario –la voz de Angustias sonó mucho más inquieta que de costumbre– el Ministro está aquí.
Salvador y Ernesto se cruzaron una mirada de inquietud. El Ministro raramente acudía a los despachos de cada época. Y mucho menos sin previo aviso formal, con hora concreta de visita y los temas a tratar explicitados.
–Que pase –Salvador señaló a Ernesto que no se levantara.
Las puertas se abrieron. Un hombre de aspecto menudo, incuso frágil, apareció tras ellas. Impecablemente vestido con un traje actual, negro, corbata igualmente negra sobre camisa blanca, todo ello aumentando la percepción errónea de un hombrecillo en un mundo demasiado grande.
–Honorable Sr. Hurtado –saludó Salvador sabedor que su jefe era amigo de las fórmulas de tratamiento–. Ya conoce a Don Ernesto.
Los tres hombres rígidos, casi en disciplina militar, sólo de pie junto a sus asientos. Los dos subordinados iniciaron el proceso de una reverencia formal.
–No hemos tiempo para ello –les cortó Hurtado casi dejándose caer en su silla y de inmediato entregando a cada uno sendas abultadas libretas–. Son copias de asientos de acciones de la Bolsa de Barcelona de finales del XIX.
Sí, lo eran. Papeles ajados, sacados de algún polvoriento archivo, todos escritos en una caligrafía cursiva que ya nadie utilizaba, sin ningún borrón de tinta a pesar de haber sido confeccionados a toda prisa en mesas de cambio, siguiendo el movimiento de los mercados de valores. Ernesto los estudiaba detenidamente mientras Salvador los soltó sobre su mesa y encarándose al Ministro preguntó, ahora sí saltándose las formalidades:
–¿En qué nos incumbe? –fijo su mirada en Hurtado–. Quiero decir, como Ministerio. ¿Y por qué precisamente a nosotros ahora?
–Miren con más atención –Hurtado señaló en varios papeles frente a Ernesto unos asientos determinados–. ¿Ven el nombre?
–¡Folch! –Exclamaron al unísono
–Folch. Concretamente el padre de su agente Amelia.
Salvador y Ernesto empezaron a buscar en todos los papeles. Folch, día sí, día también. Comprando y vendiendo acciones. Ni una sola pérdida. Ganancias plenas. Eran cantidades pequeñas, ínfimas teniendo en cuenta el movimiento de la bolsa de la época, pero continuamente y día a día podían constituir una fortuna.
–Comprendo que son menudencias –arrancó de nuevo el Ministro– y nuestro equipo de consistencia histórica ha comprobado que no supone un descalabro a la historia oficial.
–Pero… –dijo Salvador gravemente–. En estos casos siempre suele haber un pero.
–Y lo hay –contestó Hurtado empezando a mostrar incomodidad por la tarea que le llevaba al despacho XXI–. No podemos permitir que nuestros agentes vayan por libre y que se salten las normas de nuestro Ministerio.
–Con permiso –le cortó Ernesto–. Usted se salta las normas del ministerio grabando un programa de televisión que dura hasta la actualidad. Y, para más INRI, con su propio nombre, Jordi Hurtado.
El Ministro empezó a enrojecer de ira. Salvador estaba pálido, aunque totalmente de acuerdo con Ernesto. Hurtado cerró los ojos y respiró profundamente por diez segundos.
–De cualquier modo, el Ministerio va ha hacer una prueba de fuerza, castigando la actitud de la Srta. Amelia Folch con dureza para que sirva de ejemplo. –El Ministro recogió las carpetas que había traído y entregó un sobre–. Confidencialidad total.
El Ministro partió con la misma premura con la que había llegado, pero con un aire algo turbado por la osadía de Ernesto. Posiblemente Angustias oyera como masculló “de tal padre tal hijo, ese marrano Torquemada”.

Barcelona, 1885
En la biblioteca de un imponente piso principal en la calle Valencia, los hombres fumaban puros o sus pipas. No eran hombres, eran prohombres, patricios de la modernidad. Ellos y sus familias habían traído la modernidad a España con la revolución industrial y estaban trayendo una nueva revolución. Ahora, y gracias a Don Folch, ya no necesitaban de inmovilizar su capital en empresas y esperar un cupón al cabo del año. Ahora todo iba mucho más rápido. Su secreto, el buen acierto de Don Folch con las operaciones de bolsa. El secreto de Don Folch…
–Díganoslo –insistía Vilaregut–. Nosotros confiamos en usted, creamos este fondo menudo y de sobras nos lo ha doblado en un año. Confíe en nosotros.
–No nos tenga sobre ascuas –repetía esta vez Andreu–. Si quiere compartiré con usted la fórmula magistral de mis grajeas.
Folch se mesó la barba. Dejó la mitad de su cigarro en el cenicero y apuró el brandi de su copa. Se dijo para sí mismo que la mejor manera de ocultar la verdad es que la verdad parezca una mentira ridícula. Pulsó el timbre del servicio y rápidamente apareció el nuevo valet. No había duda que era un hombre culto y refinado, aunque a veces demasiado redicho. Le dictó unas órdenes a su oreja.
–Caballeros –dijo Folch levantándose de su sillón y mirando a sus invitados– he hecho llamar a mi secreto.
La ilusión expectante iluminó los ojos de los prohombres de la bolsa. Se incorporaron de sus asientos para no perder detalle. El valet llamó a la puerta y abrió.
–La Srta. Amelia –anunció.
–Gracias Bautista –despidió al valet e hizo un ademán a su hija para que se acercara.
Caras de estupor en la sala. Y una forzada sonrisa en la de Amelia.
–Este, señores, es mi gran secreto. Mi hija Amelia.
El rosto de Amelia se hubiese helado de no haber aprendido a disimular su verdadera vida en estas ocasiones. Todos los demás prohombres también estaban atónitos, estupefactos entre el humo del tabaco y la felicidad etílica. Sólo en la cara de Folch había una gran sonrisa de satisfacción prácticamente burlona.
Se palpaba el silencio. Duraría ya segundos cuando desde el fondo de la biblioteca el golpe seco de cerrarse un libro lo rompió.
–Entiendo –dijo el hombre–. Su hija es su fuente de inspiración.
–Correcto, amigo Bouvilla. –Contestó Folch y el resto de prohombres se sumaron a esta cariñosa muestra de amor paterno con un improvisado brindis a la pubilla de Folch–. Es usted muy rápido y agudo, por eso le contraté como corredor.
Los prohombres dejaron de prestar atención a su anfitrión, algunos para mostrar también su orgullo por sus respectivas familias, otros para felicitar también a Don Onofre Bouvilla. No pudieron observar la mirada recriminatoria de Amelia a su padre ni la expresión de tranquilidad que este le devolvió.
–Señores, si me disculpan –inició Amelia a modo de despedida– no quisiera que me calara el humo en el cabello –los presentes mostraron su despedida. Amelia se lo agradeció con una leve reverencia y luego se dirigió a su padre–. Madre desea recogerse.
–Discúlpenme también a mí –esta vez Folch se excusaba– soy un hombre de familia.
Salieron Amelia y su padre. Amelia se dirigió al despacho de su padre en lugar de al salón. Folch enseguida presintió que le esperaba una dura reprimenda de una de las mujeres de su vida.
–Padre. ¿Está usted en sus cabales? –Ya empieza–. Sabe lo que me juego por hacer lo que hacemos.
–Hija –Folch se arrepintió de haber apurado demasiadas copas de brandi– si ya ves que se lo han tomado de otra forma.
–¡No! –gritó–. No. Nos salvé de la ruina que se sobrevenía a nuestra familia. Y puse dos condiciones: Que nadie supiera cómo conseguíamos la información sobre las cotizaciones y que sólo sirviera para mantenernos nosotros.
–Hija, no podía decirles que no. Los conozco de toda la vida.
–Me has puesto en peligro –Folch parecía no comprender–. Si lo saben en el ministerio…
–No te preocupes –empezaba a comprender– No… –se le quebró la voz–. Debo atender a mis invitados.
Amelia abrazó a su padre dejándose envolver completamente. Buenas noches hijita, no ha de pasarte nada malo si papá está contigo.

Ministerio, central
El Ministro Hurtado deambulaba por su despacho. Siempre lo hacía cuando tenía en su mesa la sentencia. No era una sentencia de muerte, en el sentido que ni él ni nadie del ministerio ejecutaba directamente a una persona. Sólo se la llevaba a una situación altamente peligrosa. Podía ser un fuego, o un bombardeo, un accidente de tren o de aviación.
–¿Está siendo difícil? –Preguntó Varinia al dejar la chocolatera en la mesa del Ministro–. Ya veo que la mandáis a Barcelona, ¿a la explosión de Balmes con Gran Via?
Varinia sería una gran secretaria. Y preparaba un chocolate increíble a pesar de ser nacida en el siglo I. Pero también era demasiado curiosa y chismosa como para ocupar un puesto en un despacho en época.
–Sí –Hurtado contestó en un automatismo mientras seguía dando vueltas a su mesa–. Quiero decir –se detuvo– a usted no le importa.
–No, claro –dijo volviéndose a su mesa fuera–. Pero el Honorable Señor Ministro recordará que…
–¿Me replicas? –airado–. ¿Osas?
–No, Honorable Señor Ministro –contestó Varinia burlona asomada desde el quicio de la puerta–. Sólo quiero recordarle que ya mandó a alguien a esa situación para…
–¡No lo diga! –Hurtado se llevó las manos a la cabeza– Y sí, es cierto, parece que haga siglos de la última vez.
–Bueno, sí, tiene razón Honorable Señor Ministro –dijo Varinia volviendo al interior del despacho–. En el despacho del XV mandó un agente, en el del XVI otro, y así uno cada siglo.
–Tiene razón –el Ministro rememoró todos los agentes que había mandado a una muerte segura–. Me parece que el despacho del XXI está desmandado, fallan demasiado pronto. No elegí bien el subsecretario.
El Ministro se sentó finalmente a la mesa e indicó a Varinia que se quedara a tomar nota. Varinia alcanzó de una mesa auxiliar la tablilla encerada, el cálamo y se dispuso a hacer su peculiar taquigrafía.
–Orden a DMDT-6X. Nuevo agente a misión clave Coliseum, coordinar llegada según procedimiento...

Barcelona, 16 de Marzo de 1938
Amelia conocía y no reconocía aquella ciudad. Siempre le causaba el mismo efecto, volver a las calles que había recorrido en su juventud y que de pronto eran distintas, nuevos edificios, otros comercios, otra gente. Y le llamaba especialmente la atención, aunque no era la primera vez que estaba ahí durante la guerra civil, las cintas que los comerciantes ponían en sus escaparates para asegurarlos durante los bombardeos. Algunos eran verdaderas obras de arte geométricas.
–Vamos, no te entretengas.
–Voy, Helena
La cara de Helena le resultaba familiar. O incluso sus ademanes. Había algo extraño en ella, parecía ya saber de antemano dónde estaba mirando, si algo le llamaba la atención, qué hacía ralentizar su paso o incluso detenerse.
–¿En serio que no nos conocemos?
–¡Que no! –insistía ya Helena harta de la pregunta–. Y date prisa que no llegamos.
–Pero si el mitin de milicianas dura tres horas y falta más de una para que empiece.
–Mira –Helena se detuvo y se encaró con Amelia– me han dado unas órdenes y las voy a cumplir.
–Bien, vamos –Amelia no entendía la agresividad repentina de Helena.
–Perdona –dijo tras un trecho–. Es que tengo que recoger otro agente después de dejarte en el piso franco.
A Amelia le pareció muy extraño. Siguieron andando, Paseo de Gracia arriba hasta calle Valencia. No podía ser, se decía Amelia.
–Oye –Amelia le dijo a Helena frente al edificio–. Esta era mi casa. En mi época…
–No te preocupes –replicó Helena con demasiada seguridad–. No te vas a encontrar con nadie… Quiero decir, tu familia está… bien… y… escaparon… de los milicianos, quiero decir –parecía improvisar–. Lo sabemos a ciencia cierta.
Subieron las escaleras hasta el ático. Era como el resto de pisos francos del Ministerio: Pocos muebles y en muy mal estado. Helena le enseñó a Amelia un mono de miliciana y una carpeta.
–Te dejo que te cambies y revises eso –ya en la puerta de la habitación–. Voy a confirmar órdenes.
Amelia empezó a ojear los papeles. El objetivo, la foto de la persona con la que tenían que contactar en el mitin, su historial… De pronto oyó a través del tabique a Helena hablando por teléfono.
–¿Angustias? Soy Lola Mendieta…
¿Angustias? ¿Y Lola? Amelia se sobresaltó. Ahora entendía de qué conocía a Helena. Era Lola Mendieta, de joven, antes de conocerla. Y estaría hablando también con Angustias, en su tiempo, en su Ministerio.
–…Sabes que no puedo… –Helena se calló. Se había dado cuenta que Amelia la podía estar oyendo en la otra habitación–. Te llamo luego.
Helena llamó a la puerta del cuarto de Amelia.
–Amelia, tengo que salir a buscar al otro agente. Ponte el mono y cuando vuelva iremos a nuestra misión.
Sonó el portón. Amelia no podía concentrarse en la documentación que tenía que leer.
–¿Angustias? –llamó por teléfono– Soy Amelia Folch. Tengo algo que preguntarte.

Ministerio, 2015
–¿A qué viene tanta premura? –Tanto Alonso como Julián estaban de permiso y les extrañaba la llamada de Angustias y que les citara en la cafetería.
–Chicos –Angustias se acercó a ellos hablando en voz baja– Amelia está en peligro.
–¿Dónde? ¿Cómo? –preguntó Julián intranquilo–. ¿Cuáles son las órdenes de Salvador?
–No podemos. –Angustias hablaba en un cuchicheo casi inaudible–. Hemos de ayudarla pero sin ayuda del Ministerio. Y que no se enteren.
–¿Acaso no estaba en una misión en solitario? –preguntó Alonso–. Vive Dios que no se le puede encargar a una mujer el trabajo de un hombre.
–Es un poco largo de contar –explicó Angustias–. El caso es que Amelia ha contravenido las normas del Ministerio.
–Todos lo hemos hecho –replicó Julián–. Tú, Alonso, y tú, Angustias, yo mismo, e incluso Irene y vete a saber si Ernesto o Salvador también.
–Vino ayer el Ministro –Alonso y Julián se sorprendieron–. Sí, hay un Ministro que debe ser más viejo que el tiempo mismo y parece que se conserve en formol, no envejece. Ordenó una acción ejemplar para todos nosotros, y fue la ejecución de Amelia.
–¿Amelia va a ser ejecutada? –Casi saltó Alonso–. Es nuestro deber salvarla. Ha sido condenada injustamente.
–¿Dónde tenemos que ir? Explícanos todo lo que sepas de la ejecución.
–No, Julián. Ya tengo un plan. –Angustias carraspeó–. Sé que funcionará, ya lo hizo en el pasado. Pero se puede mejorar. Escuchad con atención…

Ministerio, central
Alonso y Julián bajaron discretamente la escalera. Separados, escondiendo sus armas, para que los vigilantes no sospecharan nada. Se encontraron frente a una puerta. No había nada diferente en ella, salvo que el número no constaba en el libro y al introducirlo en la aplicación daba un error. La abrieron.
Llegaron a una sala de techo alto que parecía excavada en granito. Completamente lisa, sin un resquicio, sin un mueble, un gran cubo vacío cubierto por una claraboya falsa iluminada. Dispusieron cargas en la puerta de entrada conectadas a un detonador que llevaba Alonso.
Atravesaron la puerta interior, la única de la antesala, y se encontraron con un largo pasillo. Alargado, también de granito liso excavado y pulido, también iluminado desde el techo. Pero había puertas a cada lado, distribuidas de forma irregular pero todas y cada una iguales.
Se dirigieron a la puerta que les había indicado Angustias, abrieron y entraron.
–Tienen mucho descaro entrando aquí sin ser invitados ni citados –les espetó Varinia, la secretaria.
Julián se acercó a ella.
–Mira, venimos a dónde nos sale de los cojones y… –señaló el detonador que Alonso mantenía en su mano– ¿Sabes qué pasará si nos hacéis enfadar?
Varinia asintió al entender que podían encerrarlos ahí para siempre. Ni Spinola podría salvarlos esta vez, de entrar él o sus soldados detonarían las cargas y ese complejo excavado en granito sería la tumba de todos.
–Bien, ¿a quién anuncio?
–Julián Martínez y Alonso de Entreríos, compañeros de Amelia Folch.
Varinia pulsó el intercomunicador
–Honorable Señor Ministro, los señores Martínez y de Entreríos. Quieren hablar de la operación Coliseum de la Srta. Folch.
Varinia les hizo el ademán de que entraran. El Ministro había abierto un par de carpetas sobre su escritorio y las estaba mirando atentamente antes de levantar la vista hacia sus visitantes.
–¡La leche! –Exclamó Julián– Si es Jordi Hurtado.
–¿Quién? –preguntó Alonso por lo bajo
–Un presentador de televisión. Ahora me explico cómo se conserva tan bien.
–¡Correcto Julián! –Exclamó Hurtado con el mismo tono que emplea en su programa.
–Menos chanzas –les interrumpió Alonso–. Queremos salvar a Amelia. Y no nos importa morar la eternidad en esta tumba si podemos salvarla.
–Señores –razonó el Ministro– aunque estuviera en mi mano, las órdenes están dadas y no necesitan más confirmación. Y, aunque nos enterrara aquí nos incomunicaría, impidiendo contraorden.
–¿Y si el agente encargado de la ejecución se niega? –Preguntó Julián–. No pueden tener un verdugo y ejecutar a alguien. La pena de muerte está abolida.
–En 2015 –asintió Hurtado– pero no en la época en la que se ejecutará ni en cualquiera de las épocas en las que Amelia hubiese vivido. Además tampoco es un ajusticiamiento al uso. Sólo dejamos a una persona en una situación potencialmente mortal y esperamos.
–Me das asco –le espetó Julián– ¡Cínico de mierda!
–No me culpe a mí. –Hurtado se encogió de hombros– Son las normas que se han dado al ministerio y Amelia ha incumplido muchas de ellas. Vuelva a su tiempo, disfrute de su permiso y vuelva a su trabajo con la lección aprendida.

Barcelona, 2015
Una habitación de hospital. Hay una persona en la cama. Parece muy malherida, incluso tiene la cabeza vendada. En una silla junto a la cama está Lola. Llega Angustias.
–¿Alguna novedad? ¿Qué ha dicho el médico?
–Mejora. Van a retirarle el sedante. Puede que mañana despierte.
–Gracias Lola. –Angustias se enjuga una lágrima.
Parece que Lola va a hablar, tiene los ojos también llorosos, pero simplemente se va.
Amanece. De la persona en la cama sale un sonido incomprensible. Angustias se levanta y deja la labor que estaba haciendo.
–Amelia –la llama–. Amelia, hija…
–¿Dónde estoy? –Parece decir Amelia– ¿Qué ha pasado?
–La misión salió mal. Estuviste en un bombardeo, en Barcelona, ¿recuerdas que estabas en Barcelona?
–No –dice con esfuerzo–. No recuerdo… Me duele.
–Bueno, no te canses –Angustias pulsa el timbre– avisaré a la enfermera.
Ministerio, central
Alonso está parapetado tras unos muebles tumbados, en el antedespacho del Ministro. No se espera que llegue la seguridad del Ministerio pero prefiere guardarse en salud. Varinia le ofrece una taza de chocolate, después de haber servido a Julián y a Hurtado. El Ministro está muy tranquilo. Bebe de su taza como si tal cosa. Ha notado que Julián está cada vez más nervioso.
–Julián –habla en el mismo tono que emplearía con un concursante que no se ha llevado el bote– es una verdadera lástima. Usted ya ha perdido por presentarse aquí, con su compañero. Una tacha en su expediente.
–Cállate –contesta Julián hastiado
–Además, cuanto más tiempo pasen aquí más se acerca la ejecución de Amelia.
–¡Cállate!
–Nuestro agente encargado de llevar a Amelia en el punto es uno de nuestros mejores agentes. Y su fidelidad, en ese momento, no está en duda.
Julián sonríe.
–¿Le divierte? –Se extraña el Ministro–. ¿Ríe en una situación así?
–Sé a quién habéis mandado –Hurtado asiente–. Y no es de fiar.
–Sí, lo sabemos. Lola. A partir de esta misión nos empieza a fallar –da la sensación que el Ministro vive a través del tiempo–. Pero en esta no fallará. Seguro.
Julián vuelve a sonreír.
–Parece no entender la gravedad del asunto.
–Venga, voy a contarte algo –por fin dice Julián–. Amelia es una de las agentes más inteligentes del Ministerio.
–Sí, es posible
–¿Qué me diría si esta inteligente agente encontrase una forma de escaparse de la ejecución?
–Es posible, no es un método infalible.
–¿Y si además adquiere una identidad falsa, consigue entrar en el Ministerio en otra época?
–¡Eso es inconcebible! –Exclama el Ministro. Julián afirma.
–Ya ha ocurrido. Como entiende usted, que se lo mira desde fuera del tiempo, ya ha ocurrido.
–¡No puede ser! –está fuera de sí– ¡Exijo que me diga su nombre!
–Amelia Folch, y así debe seguir.

Barcelona, 17 de Marzo de 1938
–Recuerda el plan –Repitió Helena a Amelia– y, sobretodo, si ves el camión de municiones huye. ¡Corre! Con todas tus fuerzas, hacia Rambla Cataluña. Hasta que no hayas pasado el teatro Coliseum no estarás a salvo. Y aún así… –Helena temía, borró sus temores acariciando la mejilla de Amelia.
–¿Y no me verán? –Amelia estaba preocupada por el momento crítico–. Quiero decir, los agentes espías.
–Se marcharán cuando caigas. Pero no te voy a drogar. Te vas a caer tú. –Se encaró con ella– Tiene que ser creíble, un desmayo natural. Para ellos, para todos, pero tú sigue viva. ¡Sigue viva! –la zarandeaba.
Llegaron al cruce de Balmes con Gran Via.
–Está muy cerca de la Universidad –Exclamó Amelia– La de veces que habré pasado por aquí…
–Concéntrate. –Helena miró su reloj.
Iban vestidas de milicianas, con mono y pañuelo rojo al cuello. Los grupitos de milicianos que pasaban por su lado, muchos les guiñaban el ojo o les soltaban algún piropo. Un par de ellos pasó, mirándolas fijamente, con expresión seria, escrutándolas, sobre todo a Amelia. Helena apretó el brazo a Amelia, eran los espías del Ministerio.
–Ahora –le susurró Helena.
Amelia puso los ojos en blanco. Sin agitarse, en un movimiento fluido, se vino al suelo. Helena miró a los espías. Estaban algo más lejos, fumando, como quien pierde el tiempo. Helena esperaba un gesto. Una última señal convenida que significaba el indulto.
Sonaron las sirenas. Pronto la fatalidad haría coincidir una bomba fascista con un transporte de munición. Pronto el lugar donde estaban sería un cráter humeante, los cadáveres de víctimas estarían esparcidos sin orden alguno y media manzana de casas alrededor estaría derruida. Pronto la vida de todos, de Amelia, de Helena (o Lola), cambiaría.

Ministerio, 2015
–Su acción es reprobable –les recriminaba Salvador a Angustias, Julián y Alonso–. Han contravenido órdenes directas del Ministro, han conspirado contra el Ministerio, han hecho uso indebido de infraestructura y material, en fin… la lista de cargos es larga.
Los tres acusados estaban a punto de defenderse. Salvador prosiguió.
–Si bien, lo han hecho para salvar a una compañera suya, Amelia. Lo cual es encomiable. –Hizo una pausa larga–. Mi parecer, a falta de conocer el del Ministro, es que esta muestra de compañerismo les excusa de cualquier sanción.
–Entonces… ¿Todo sigue igual? –preguntó Julián.
–Sí. Es decir, siempre y cuando la Srta. Folch mejore. –Se dirigió a Angustias– ¿Hay novedades al respecto?
–Va sanando. Físicamente. Lo otro… La amnesia… –Angustias al final preguntó su gran duda–. ¿Ella también está perdonada?
–Desde luego. –Salvador carraspeó–. Tendré que tragarme algún sapo… Y Amelia tendrá que prometer que su chiringuito financiero se acabó. Pero cuando esté recuperada, por mi parte será bienvenida.

tve
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Re: FANFIC: Operación Coliseum

Mensajepor tve » Mié, 01 Abr 2015, 14:08

¡Gracias!

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eriel.ramos
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Re: FANFIC: Operación Coliseum

Mensajepor eriel.ramos » Dom, 12 Abr 2015, 23:32

¡Bien hecho!

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PODA
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Re: FANFIC: Operación Coliseum

Mensajepor PODA » Lun, 13 Abr 2015, 12:14

Buff.. me ha enganchado y mucho, del tirón y hasta el final mucha tensión, sorpresas, giros.. pero algunas cosillas como el papel de Helena, o el final.. no me han terminado de satisfacer.. la verdad es que es un relato muy bueno (tanto como para dejarme pillao leyendo del tirón todo el texto ;p jeje), y me ha encantado.. tan solo que el final lo he visto algo rápido y precipitado, la parte del hueco horadado me ha sorprendido, la del Ministro, jeje, estupendo.. y bueno, que desde luego espero leer más cosicas tuyas ;1

EnHoraBuena ;1

Onofre Bouvilla
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Re: FANFIC: Operación Coliseum

Mensajepor Onofre Bouvilla » Lun, 13 Abr 2015, 21:27

Bueno, ahora ya sabemos que Jordi Hurtado no es el Ministro...

Muchas gracias a todos por leer. Queda claro que me fui en su momento por otros derroteros que no ha seguido la serie. Pero, en un universo paralelo...

Os invito a leer otros Fanfics. Voy, progresivamente, introduciendo el "método americano" aunque (y disculpas) con otro elemento extraño: Los Bouvilla.

Todo para pasar el rato, escribiendo con los personajes e historias de otros.

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PODA
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Re: FANFIC: Operación Coliseum

Mensajepor PODA » Mar, 14 Abr 2015, 00:05

Jejeje, pero ha estado muy bien macho, esa idea de la jefatura de estado ministerial en un punto atemporal, me ha encantado.. en fin, a seguir imaginando y escribiendo Onofre ;1

KalEl el Vigilante
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Re: FANFIC: Operación Coliseum

Mensajepor KalEl el Vigilante » Mié, 15 Abr 2015, 15:11

Que malvado más satánico te ha quedado Jordi Hurtado ^_^


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