FANFIC: Carpetazo

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Onofre Bouvilla
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FANFIC: Carpetazo

Mensajepor Onofre Bouvilla » Dom, 12 Abr 2015, 20:51

Francia de Vichy, Septiembre de 1943
–No sé si estamos haciendo bien, ¿comprendes?
Almudena soltó un bufido de incomprensión. Apagó los faros, aminoró la marcha y se detuvo en un pequeño llano junto a la cuneta.
–No podemos confiar en un Ministerio, ¿Comprendes? –Sus temores eran fundados, pero Almudena tenía una corazonada–. Monzón se equivoca.
–Monzón se puede equivocar –Almudena salía del coche con la linterna en su mano– pero son nuestras órdenes, del Partido.
Esperaron a la señal de luces. Encendido, apagado, encendido. Les respondieron. Los agentes del Ministerio del Tiempo habían llegado.
–Hola. Soy Amelia Folch –la joven se presentó–. Mis compañeros Julián y Alonso. ¿Vosotros…?
–Almudena y Comprendes –Contestó–. Nuestros alias del Partido. Os llevaremos a casa de Monzón. Hablareis con él enseguida.

Ministerio, 2015
Una filmación se proyecta en la pantalla. Se ve a un hombre corpulento y de cara grande hablando en inglés con un marcado acento alemán.
–Este es Werner von Braun –apuntó Salvador sobre la grabación–. Uno de los ejemplos más evidentes de la operación paperclip.
–El que desarrolló el programa espacial estadounidense a partir de los misiles alemanes –dijo Julián–. ¿Hemos de conseguir su conocimiento para nosotros? Vamos, ¿España potencia espacial?
–No –rechazó Irene–. Era un ejemplo. Uno de los científicos de la Alemania nazi que fueron reclutados por los estadounidenses tras la 2ª guerra mundial.
–Lo que nos interesa es otro beneficiado de la operación paperclip –terció Salvador–. Uno de los mayores secretos de Estados Unidos y la fuente de su tecnología de viaje en el tiempo. Pero, su nombre nos es desconocido.
–¿Y cómo lo encontraremos? –preguntó Amelia
–Por su hermano. Ha tomado por apodo el Levita y le tenemos localizado en la Francia de Vichy, a finales de 1943.
–¿En Francia? –Preguntó Alonso
–Sí, fuera de nuestra jurisdicción –Salvador se puso grave–. Y fuera de cobertura de nuestra red habitual. Pero tenemos contacto con Jesús Monzón, líder del Partido Comunista en el exilio francés. Sus agentes de la resistencia serán sus colaboradores.

Francia de Vichy, Septiembre de 1943
Monzón se desperezó y miró el reloj. Estaba a punto de amanecer. El equipo del Ministerio había llegado más pronto de lo que esperaba, el encuentro había sido un éxito.
–Salud camarada –Almudena alzó el puño izquierdo–. Los agentes del Ministerio.
Los tres agentes miraron a su alrededor. El lugar les chocaba. Para el jefe oficioso del Partido Comunista ese chalet de lujo era un poco demasiado. Almudena y Comprendes se marcharon, a proseguir con la otra de sus dos vidas. Volverían al anochecer.
–¿Habéis traído lo que acordamos? –preguntó Monzón. Amelia le mostró su zurrón–. Bien. Sentaos. ¿Queréis tomar algo? –Negaron con la cabeza–. Pues al grano.
–Venimos a localizar al Levita –Amelia le introdujo en el plan–. Tenemos constancia que está en las proximidades.
–Sí. El Levita. –Monzón se levantó y pulsó un botón–. Era uno de mis agentes de resistencia, hasta que supe que era importante para ustedes y lo traje aquí conmigo.
Amelia torció el gesto. Se encontraban ante un gran negociador y, bastante taimado. Esperaba sacar tajada de esta operación, más allá de los bonos en Libras Esterlinas que habían traído como pago.
–Noto su inquietud, Amelia –Monzón era un lince–. Sospecha que le voy a pedir más por él –el Levita entró en la estancia– y, hablando del Rey de Roma.
–Oiga, Monzón, no nos joda –le soltó Julián–. Teníamos un trato.
–¡Y lo tenemos! –Monzón soltó una risotada–. Ahora estamos fijando el precio, estamos regateando.
–Vamos a ver… –Julián estaba a punto de recriminar a Monzon su estilo de vida, prácticamente denotando su codicia.
–Sé por dónde va a salirme –le cortó Monzón–. El dinero no es para esto –abarcó con sus brazos su alrededor–, aunque como único representante en Europa de la legalidad de la República Española debo mantener un aspecto digno de la posición.
Monzón se había levantado y paseaba por la amplia sala. Se plantó frente a ellos.
–Tengo un plan para devolver la República a España –se había acercado a ellos poniéndose en cuclillas–. Para ese plan es el dinero que han traído.
Se levantó de un salto, como un resorte.
–No les voy a pedir más dinero por él –puso su mano sobre el hombro del Levita, que había permanecido quieto–. Les voy a pedir información. Quiero que me aseguren que la operación que organizo tendrá éxito.
–Lo trasladaremos a nuestros superiores –dijo Amelia–. Le informaremos.
Cuando ya se marchaban, Monzón asió del brazo a Alonso:
–Tú eres un soldado –le dijo– he reconocido tu expresión de inmediato.
–Sí, lo soy –dijo Alonso– y no me voy a jactar de mis campañas.
–Te ofrezco una guerra –prosiguió Monzon–. Entrando por el monte, por Arán, y bajando triunfal por toda España.
–¡No! –Replicó Alonso zafándose–. Soy un soldado, como decís, y a mis superiores me debo.

Amelia, Julián y Alonso estaban en un piso franco del Partido, una buhardilla en Tolouse. Sólo hacía unas horas que habían empezado la misión y ya tenían la sensación de haber fracasado.
–¿Qué vamos a hacer? –Se preguntó Julián al fin–. No podemos hablar con el Ministerio. Aquí no hay cobertura. Y ese Monzón no parece muy de fiar.
Amelia estaba pensativa.
–Estamos aquí solos –parecía hablar para sí– y no podemos contar con el Ministerio en nuestra época. ¿Y en la actual?
–¿Podemos hacer eso? –Preguntaron Alonso y Julián
–En teoría existe una línea abierta del Ministerio en cada época –contestó Amelia tomando el libro de las puertas–. Aquí está, con las instrucciones para contactar.

El Levita se encaró con Monzón. Creía que era el momento propicio, después de despertarlo de su siesta.
–Monzón, te excedes –Su aspecto era duro, casi increíble en una persona tan delgada y alta como un palo.
–Tranquilo, Levita. –Monzón permanecía con su aspecto inmutable de seguridad en sí mismo–. Tu hermano se salvará. Yo sólo estoy aprovechando la situación…
–¡En tu provecho!
–En el de España, la República y el Partido.
Monzón miró la hora.
–Debes disculparme –lo acompañó fuera del gabinete–. Me esperan para tomar café.
El Levita salió aún con su aparente enfado. Se dirigió al cobertizo y se cercioró que no había nadie alrededor. Sacó un móvil y marcó unos números.
–¿Bouvilla? –Esperó hasta que le pusieron en contacto–. Señor –inició el informe– las negociaciones con los agentes del Ministerio han empezado mal.
–No temas, no se romperán. –Contestó Bouvilla al otro lado del teléfono–. Obtendremos los planos de la máquina que desarrollan los teutones. –Se permitió reír para tranquilizarle–. No te derrumbes, aguanta con tu misión y que nadie sospeche quién eres en realidad.

Ministerio, 2015
–Subsecretario –Angustias en el intercomunicador– una llamada de Amelia a través del despacho de 1943.
Salvador arqueó las cejas. No habían instruido a Amelia para hacer este tipo de llamadas, lo había aprendido ella sola.
–Diga –Amelia explicó la situación al teléfono–. Sospechábamos que Monzón querría algo más que dinero. Dígale que todo irá según sus planes.
–¿Será así? –preguntó Amelia desde el teléfono
–No, desde luego que no –contestó Salvador–. Y no prevemos hacer nada para cambiarlo –cambió de tono–. Hagan todo lo posible para conseguir la información del Levita y su hermano. Y sin alterar la historia, Estados Unidos debe creer que tiene la exclusiva al llevarse a los científicos en su operación paperclip.
–Hay algo más –prosiguió Amelia antes de colgar–. Creo que he visto la cara del Levita en algún sitio.
–Se parecerá a Abraham Levi –zanjó Salvador–. Al fin y al cabo es descendiente suyo.
Francia de Vichy, Septiembre de 1943
–De acuerdo, subsecretario –Amelia se despedía–. La misión continúa.
Amelia colgó el teléfono. Se dirigió a los compañeros que esperaban con cierta ansiedad. Les miró fijamente.
–Tenemos que inventarnos una guerra que nunca existirá –les anunció Amelia desenrollando un mapa de España en la mesa y empezando a marcar el punto de entrada de la operación de Monzón–. En esto confiamos en ti, Alonso.
Alonso adelantó su silla, desconcertado.
–Desconozco la guerra moderna.
–¡Vamos! –Julián le palmeó en el hombro–. No te quejes, que te han ascendido a general de una guerra imaginaria.
Pasaron las horas. Julián les fue de ayuda, apuntándoles el estado aproximado de las ciudades en su época, la más próxima a la de la invasión por Arán. Acordaron que Amelia fuese la que contase las mentiras que improvisaron a Monzón.

–La cosa va así, más o menos –concluyó Julián ante los ojos escrutadores de Monzón, al día siguiente.
–¿Contaremos con el apoyo de la población? –Preguntó Monzón aparentemente satisfecho–. ¿Y con huelgas en las principales ciudades? –Afirmaron a sus preguntas–. ¿Y se nos unirán desertores del ejército? –Afirmaron de nuevo.
–Como puede comprobar –Alonso tomó la palabra–, más que una conquista será un paseo militar.
Monzón soltó una risotada.
–Sí, amigo Alonso, –seguía riendo– la guerra desde sus tiempos ha cambiado. No se ofenda, no es culpa de los soldados. Ni de los generales. Ahora es cosa de políticos e ideas.
A Alonso no le gustó nada la actitud de Monzón. Desagrado que con todas sus fuerzas intentó disimular sin lograrlo.
–Ahora, hablemos de la otra operación –Amelia cambió de tema–. La operación del Levita. Y de su hermano.
–Está todo planeado –se jactó Monzón–. Se halla en Roquefort, donde el queso –rió otra vez de su gracia–, y tenemos ya algunos infiltrados que nos ayudarán.

Roquefort, Francia de Vichy, Septiembre de 1943
Almudena conducía por carreteras secundarias. Habían partido justo al anochecer. Junto a ella, dentro de la cabina, iban Comprendes y el Levita. Julián, Alonso y Amelia iban en la caja, listos para ocultarse en caso de oír una señal de aviso. Sólo se oía el ruido del motor en aquella noche de luna nueva.
Pararon en una choza de pastores y el Levita se bajó. Aunque les hubiese convenido un miembro más para su operación de rescate, decidieron que era mejor dejarlo esperando para señalarles si el escondrijo era seguro cuando salieran de la red de cuevas de Roquefort. Ocultaron la camioneta entre unos matorrales y siguieron andando hasta la entrada a las cuevas.
–Mucho ojo –les advirtió Almudena antes de comenzar la marcha a pie.
–Sí. Hay rebaños de ovejas, ¿comprendes? Y con los rebaños hay perros, que tienen el sueño muy fino, ¿comprendes?
–Sí, Comprendemos –le espetó Alonso.
Entraron a las cuevas.
–Huele a humedad –dijo Amelia– y… ¡a queso roquefort!
–Atentos –la cortó Almudena–. Armas listas. Todo está preparado para que contactemos sin novedad.
–Pero nunca se sabe, ¿Comprendes?
Al fondo de un pasillo vieron un destello en la penumbra, como de una cerilla prendiendo un cigarrillo y cayendo extinguida en el suelo.
–Es él –anunció Almudena–. Nuestro infiltrado.
Almudena se avanzó, ordenando a los demás guarecerse en recovecos.
–No sé si Monzón nos habrá vendido –susurró Julián intranquilo en su escondrijo. Amelia le prestó algo de su confianza con su mirada.
–¿A quién? –Preguntó Alonso, también tranquilizador–. Somos del Ministerio, pero no sabemos cómo funciona.
Al final, la sombra de un hombre menudo cargando un maletín se recortó en la penumbra. Ni un solo tiro, ni una sola complicación. Todo resultaba demasiado sencillo. Llegó junto el resto de emboscados y les brindó un tímido saludo:
–Soy Abraham Levi –alzó el maletín– y tengo un regalo para ustedes.
Volvieron, con el mismo cuidado con el que habían partido desde el escondite.
–La linterna está en la ventana –anunció Almudena–. Vía libre.
–Estará contento que pronto se podrá reencontrar con su hermano –le dijo Amelia al hombre menudo cuando ya estaban frente a la puerta de la cabaña.
El hombre la miró con extrañeza.
–Mi Señor lo quiera –dijo mirando al cielo– pero no ahora.
El Levita no estaba dentro de la cabaña.
–Habrá ido a mear –dijo Almudena dando un cigarrillo a Comprendes–. Nosotros nos quedaremos aquí.
–Sí, vosotros microfilmad los documentos, ¿comprendes?
Los tres agentes del Ministerio sacaron rápidamente su portátil y escáner para copiar todos los documentos como estaba previsto. Julián se puso a ello.
–¿Cómo no viene con nosotros? –le preguntó Amelia a Abraham
Levi se desplomó sobre una silla sin quitarse el sombrero. Suspiró.
–Es mi obligación. Dentro –señaló con la cabeza– hay hombres que dependen de mí. Si yo escapo… –Se levantó firme–. Además debo impedir que Heissler consiga que el ingenio funcione –guiñó a Amelia–. Lo estamos saboteando, y la guerra no tardará en terminar.
–¿Pero no echa de menos a su hermano? –Preguntó Amelia
Levi volvió a caer en su silla. Una lágrima rodó por su mejilla
–Desde luego –se apartó la lágrima con la mano mientras otra recorría un camino idéntico por la otra mejilla–. No pude hacer nada por él.
Dos golpes secos en el exterior. Almudena y Comprendes habían caído a plomo. De inmediato una bomba de gas atravesó la ventana. El interior de la cabaña se llenó de vapor somnífero. También se desplomaron.
La puerta se abrió y entró una figura delgada seguida por dos tipos corpulentos, todos ellos llevando máscaras de gas. El primero de ellos hizo una seña a los gorilas, que alzaron a Abraham y se lo llevaron. Después sacó una memoria USB del bolsillo de la guerrera y copió los archivos que contenía el ordenador.

–¿Que ha salido mal? –Monzón desfilaba frente a los miembros de la unidad de rescate, que parecían sufrir los efectos de una extraña resaca–. No lo veo así.
–Alguien nos ha atacado –replicó Alonso–. Y el Levita ha desaparecido.
–Pero tienen sus documentos –Monzón intentaba salvar la situación–. Tienen su objetivo. Han cumplido.
Llamaron a la puerta del gabinete. Entregaron una nota a Monzón.
–Y me dicen los infiltrados en Roquefort que el hermano del Levita volvió –siguió leyendo rápidamente–. Entregado por dos hombres fuertes que lo llevaban en volandas –hizo un apunte– nada distintivo en ellos. Y que estaba profundamente dormido –se giró hacia Alonso–. ¿Qué enemigo ataca, deja vivos a sus adversarios y no se lleva ni documentos ni armas ni nada?
–Hay algo más –Amelia se frotaba la frente–. El Levita…
–Ya aparecerá –le cortó Monzón–. Debió notar la intrusión de los que les sedaron y huyó sin poder apartar la linterna de la ventana.
–Abraham Levi nos dijo que su hermano había muerto –Amelia concentraba su expresión hasta casi cerrar los ojos–. ¿Nunca sospechó de él? ¿Lo investigó antes de llevarlo a su casa?
–Señores –les contestó Monzón algo divertido–, no sé ustedes, pero yo me siento a salvo. Vuelvan a su Ministerio –zanjó–. Ustedes tienen lo que buscaban y yo también.

Ministerio, 2015
Los agentes entraron en el despacho del subsecretario y entregaron el portátil.
–Angustias –llamó Salvador–. Lleve esto a nuestros técnicos. –Se dirigió a los agentes–. Y ustedes, enhorabuena. Han conseguido superar una misión sin apenas soporte.
–¿Qué fue de la invasión de Arán? –Preguntó Amelia
–Fracasó –contestó Salvador–. No más de mil muertos en total. Fundamentalmente una derrota anímica. Ya sabrá encontrar usted más información.
–¿Y Monzón? –Preguntó Julián esta vez.
–Sobrevivió, cambió de profesión varias veces: Político, empresario, profesor de economía… –Se sonrió–. Siempre a flote. Teníamos que haberlo captado para el Ministerio, pero nos hubiese pedido demasiado dinero.

Barcelona, 1885
Amelia volvió a su casa, aún un poco aturdida por el sedante. El mayordomo le informó que sus padres tenían visita y que esperaban que se reuniese con ellos en cuanto llegase. Entró en la salita, la visita era Onofre Bouvilla, el corredor de bolsa.
–Padre, Madre –saludó con sendas reverencias–. Y señor… ¿Bouvilla?
–Sí, Srta. Folch –confirmó el invitado que se había levantado de su silla–. Nos vimos hace unos días, en esta misma casa.
–Sí, Sr. Bouvilla –Amelia intentaba ser lo suficientemente amable que se esperaba de ella en estas ocasiones–. Le agradezco su visita, pero me ha atacado una terrible migraña y desearía retirarme.
–¡Hija, por favor! –La Sra. Folch ordenó a su hija que se quedara con ellos.
Amelia buscó la mirada de su padre. Buscaba un gesto de salvación que le permitiera escaparse y descansar. Pero en su lugar, Folch le señaló una silla entre él y Bouvilla. Obedeció. De pronto se vio envuelta en una conversa tediosa. Le pareció notar a su madre muy complacida con Onofre y sonsacándole discretamente sobre su situación familiar. Su padre estaba completamente ajeno a estos movimientos y de tanto en tanto salpicaba la conversación con datos sobre la marcha de la bolsa. Amelia estuvo primero fingiendo conatos de bostezo, después tenerlos que esconder en realidad.
–Lástima que Amelia ya esté comprometida con un medicucho de soldados –dijo al fin la Sra. Folch–. ¡Con lo buen partido que es usted!
–Recuerde, madre, si nosotros nos comprometimos padre dio su permiso –le replicó Amelia–. Y lo siento, de veras, pero no resisto más –se levantó de su silla.
–Srta. Folch –dijo Bouvilla levantándose–, parece usted acalorada. Tal vez un paseo le siente mejor que encerrarse en su habitación a dormitar. –Avanzó hacia ella ofreciéndole su brazo–. Quizás desearía acompañarme.
–¡Gran idea! –Dijo la Sra. Folch levantándose e incorporando a su esposo–. Paseemos todos. Los jóvenes delante, hablen de cosas de jóvenes y nosotros les seguiremos.
Ahí estaban. Amelia deseando echarse a dormir en su cama pero andando Paseo de Gracia abajo. Y con ese botarate de Bouvilla.
–Señorita Folch… –Comenzó Bouvilla una vez se había cerciorado que los padres de Amelia estaban lo suficientemente lejos–. No puedo esconder que siento un interés por usted.
–No olvide –dijo Amelia separándose lo más posible– que soy una mujer comprometida.
Onofre buscó en los bolsillos de su chaqueta con la mano que tenía libre. Al fin encontró algo. Un papel grueso que mostró a Amelia.
–Es de ayer –dijo solamente.
Una fotografía. En color. Estaba ella, subiendo al coche de Almudena, el día anterior o dentro de casi sesenta años. Parecía mirar de frente, como distraída. Onofre recuperó la fotografía y volvió a guardarla con discreción.
–Ahí la esperaré, en esta esquina mañana a las diez –hizo una pausa– siempre y cuando no tenga misión.
–No… –Amelia apenas podía pensar con claridad, pero estaba sorprendida–. No tengo misión.

Barcelona, 1885
Amelia libraba del Ministerio aquella mañana. En otras condiciones hubiese ido a la biblioteca a leer, directamente, sin dar rodeos hasta su puerta al Ministerio. Pero aquella mañana también daría un rodeo. No para encontrarse con una puerta. ¿O quizás sí? Quizás Onofre era un asociado de Lola Mendieta.
–Aquí estoy –Onofre se sobresalto, Amelia había llegado por su espalda–. Y también está usted. Diga lo que tenga que decir.
–No aquí –le ofreció el brazo–. Vamos a tomar el tren.
El tren de Sarrià discurría por la superficie en algunos tramos y en otros en una trinchera no demasiado profunda. Bajaron en la estación de Sarrià. Amelia se dejó llevar, de bajada, hacia el llano que hacia breves minutos habían abandonado, entre chalets suntuosos. Al fin entraron en uno de ellos. Ni destacaba ni desentonaba.
–Me encanta esta casa –dijo Onofre con orgullo–. La lástima es que de aquí a 80 años la venderemos y construirán un edificio alto y de dudoso gusto.
Amelia sonreía, algo sorprendida de esta conversación tan banal pero que decía algo tan trascendente: ambos eran viajeros del tiempo. Pasaron al salón de la casa, en la planta baja. Iluminada por la luz multicolor de la vidriera, Lola Mendieta se entretenía ojeando la prensa.
–Sé que se conocen –dijo Onofre. Ambas se saludaron con una inflexión de cabeza– así que omitiré la presentación y pasaré al hecho que nos lleva aquí.
–Explíquese –Amelia se sentó en el sofá, lo más alejada que pudo de Lola que se sentó primero–. Soy toda oídos.
–Como bien sabe, nosotros tres viajamos a través del tiempo –asintieron–. Hasta la fecha hemos empleado un método arcaico. El único que conocíamos.
–Y que el Ministerio quería acaparar para sí –puntualizó Lola.
Una voz interrumpió desde fuera del salón
–Padre, voy al Tenis con unos amigos –la voz de un joven, que finalmente entró en la estancia–. Disculpen, no sabía que tuvieras visita.
El joven advirtió la presencia de Amelia y se quedó parado. Con incomprensión miró a Onofre. Este asintió y luego negó con la cabeza. Parecía decir: Sí, es ella, no, no lo sabe todavía. Amelia también miraba, escrutaba, al joven. Y lo comprendió.
–Ese chico estuvo en Francia –rectificó– es decir, estará en Francia de aquí a un tiempo.
Parecía no encontrar la forma de decirlo.
–Sí, mi hijo –al final empezó Onofre con su aclaración– de aquí a unos años trabajará para mí. De agente. Usted ya le ha visto infiltrado en casa de Jesús Monzón.
–La verdad es que tiene un cierto parecido a usted –terció Amelia–. Eso debí reconocer.
–Amelia –Lola se acercó más a ella–. ¿No le encuentras parecido a alguien más?
Una idea brilló de repente en la mente de Amelia. Pero era una estupidez, era imposible. Tenía un aire familiar, como a su propia familia, como un primo.
–Te vas acercando… –Lola parecía adivinarle los pensamientos–. Te quemas…
Amelia a punto estuvo de desmayarse. En lugar de alarmados, Lola y Onofre parecían complacidos. Estaban jugando con ella. Con su futuro, que parecían poner delante de sus ojos. Se sentía atada de manos, abocada a tener un marido y una hija legítima como había visto en su lápida. Y ahora le decían que tendría un amante, el baboso Bouvilla, y otro hijo más con él. Notaba la palpitación del corazón en su garganta, puntitos negros empezaron a poblar todo su campo visual, mezclándose, juntándose. Cayó desmayada.

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